Un cálido saludo docente Luis Soto, estimados compañeros de la carrera. ¡El día de hoy les hablaré de algo bello para mí, de algo extraordinario! De aquello que me llena de paz y de gran asombro.
Situado a 30 kilómetros de mi hogar se encuentra un lugar mágico donde la entrada es muy estrecha, pues se tienen que mover las ramas verdes y hacer camino para lograr pasar. A unos cuantos metros existe un paraíso terrenal de diversa flora y fauna que juegan un papel armonioso en tan bello ecosistema. Unas pequeñas especies emplumadas revolotean en el agua y otras grandes procuran no hacer ruido para pescar algo de comer. Las ramas de los árboles marinos, se cruzan entre sí y crean un sonido crujiente, unas cuantas hojas flotan en el agua y bajo éstas se esconde uno de los reptiles más antiguos del mundo, de hecho sus abuelitos convivieron con los dinosaurios. Otros reptiles de la misma especie se encuentran postrados e inmóviles sobre la tierra, tanto es mi goce de admirar tan bello paisaje que no me percato que cerca de mi lado derecho hay uno grande y detrás uno pequeño, podría ser peligroso estar ahí pues se pueden sentir invadidos.
Cierro los ojos, no me importan esos futuros cinturones, bolsas o botas, tan solo escucho la música del entorno armonizada por el canto del aire y del efecto que provoca al pasar por las ramas. Es un momento de éxtasis y de paz, pero vuelvo a abrirlos y veo poco a poco como tanta vida se va perdiendo a causa del relleno con polvo de piedra caliza que dará soporte a un hotel y extensos Campos de golf. ¡Nuestro manglar está desapareciendo! Dos meses después regreso al mismo lugar y, demasiado tarde.
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